Los dos hidalgos de Verona aterriza en Gijón con la mirada de William Shakespeare sobre un territorio que sigue resultando muy actual: la tensión entre la amistad y el amor, el juego de las identidades y la fragilidad de los afectos cuando el deseo entra en escena. La obra se mueve entre la ligereza de la comedia y una lectura más afilada de sus personajes, con ese pulso que hace que en Shakespeare nada parezca del todo inocente.
En esta versión, la historia se apoya en el trabajo de Declan Donnellan y Nick Ormerod, una dupla que lleva décadas revisando los clásicos con una energía muy reconocible. El resultado promete una lectura ágil, clara y física del texto, con un reparto que da vida a una trama de lealtades cruzadas, máscaras y decisiones impulsivas. ¿Qué ocurre cuando la amistad y el amor se disputan el mismo lugar?
La cita llega además con un interés añadido para quien sigue el teatro clásico contemporáneo: aquí ya aparecen varios de los rasgos que Shakespeare desarrollaría después con más profundidad. Está la comicidad del criado, la inestabilidad de los vínculos y ese modo tan suyo de convertir una trama aparentemente ligera en una radiografía del comportamiento humano. En otras palabras, no se trata solo de una comedia temprana, sino de una pieza donde ya se adivina mucho del autor que vendría después.

Shakespeare antes de la gran explosión
Los dos hidalgos de Verona pertenece a esa etapa en la que Shakespeare empieza a afinar los mecanismos que definirán buena parte de su teatro posterior. Aquí ya asoman las tensiones entre amistad y amor, un tema muy vivo en la literatura del final del Renacimiento, cuando la amistad se entendía a menudo como una forma de amor sin sexo, intensa y comprometida, pero distinta de las relaciones sentimentales.
También aparece uno de los personajes que más recorrido tendrían después en la escena isabelina, el criado cómico, figura que aporta ligereza, ironía y una mirada práctica sobre los enredos de sus señores. Esa mezcla de humor y conflicto hace que la obra avance con rapidez y con una frescura que sigue funcionando sobre el escenario.
Además, la pieza comparte con Romeo y Julieta varios puntos de vista y de tensión dramática. No es un detalle menor: en ambos casos, Shakespeare trabaja la juventud, la pasión y el choque entre impulsos personales y normas sociales, aunque aquí lo haga desde el terreno de la comedia.
La firma de Declan Donnellan y Nick Ormerod
La propuesta lleva el sello de Cheek by Jowl, una compañía internacional fundada en 1981 por Declan Donnellan y Nick Ormerod, conocida por su forma de devolver vida a los clásicos con interpretaciones intensas y muy centradas en el actor. Ese enfoque suele traducirse en montajes de gran precisión, donde el texto respira con naturalidad y la escena se construye desde el movimiento, la relación entre personajes y una lectura muy viva de la palabra.
En esta ocasión, la adaptación a la dramaturgia y el diseño de escenografía y vestuario vuelven a estar en manos de Nick Ormerod, mientras que Donnellan firma la dirección y la adaptación. La producción se completa con un equipo creativo amplio, con diseño de iluminación, vídeo, sonido, música original, movimiento y coreografía, lo que apunta a un montaje cuidado en todos sus planos.
El reparto reúne a Jorge Basanta, Prince Ezeanyim, Alberto Gómez Taboada, Rebeca Matellán, Manuel Moya, Alfredo Noval, Goizalde Núñez, Antonio Prieto e Irene Serrano en los distintos papeles. Sobre el papel, eso dibuja un trabajo coral, muy adecuado para una obra en la que las relaciones entre los personajes son el verdadero motor de la función.
Un clásico que sigue hablando claro
Lo que hace atractiva esta función no es solo su valor histórico, sino la manera en que pone en primer plano asuntos que siguen siendo reconocibles hoy. La competencia entre amigos, la idealización del amor, las máscaras sociales, la torpeza emocional o la necesidad de encajar en un relato sentimental ajeno siguen formando parte de cualquier época. Shakespeare, aquí, ya sabía mirar ahí.
La obra también ofrece una puerta de entrada muy sugerente para quienes disfrutan viendo cómo un texto temprano contiene ya las semillas de lo que vendrá después. En Los dos hidalgos de Verona hay comedia, sí, pero también una inteligencia teatral que permite leer el deseo, la amistad y la lealtad con una mezcla de ligereza y profundidad poco frecuente. ¿No es precisamente eso lo que vuelve al clásico tan útil cuando está bien resuelto?
En Gijón, la función se presenta como una ocasión para reencontrarse con Shakespeare desde un ángulo menos transitado, pero muy revelador. Y cuando un montaje consigue que un texto temprano suene tan vivo, la cita gana interés por partida doble: por lo que cuenta y por todo lo que deja entrever.