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La ópera de los tres centavos llega a Gijón con dos funciones en el Jovellanos

27 de julio de 2026 · Sebas Fernández

La ópera de los tres centavos llega a Gijón con dos funciones en el Jovellanos
Teatro Jovellanos Noche. Gijón. Foto: David Álvarez López (BY 2.0)

El Teatro Jovellanos de Gijón acogerá los días 12 y 13 de diciembre de 2026 La ópera de los tres centavos, una de las obras más influyentes del repertorio escénico del siglo XX. La cita llega ya situada en el calendario y concentra en dos jornadas una pieza que sigue dialogando con el presente por su mirada crítica sobre el poder, el dinero y las relaciones humanas.

Firmada por Bertolt Brecht y Kurt Weill, esta obra mantiene intacta su capacidad para incomodar y entretener al mismo tiempo. Su mezcla de música, sátira y teatro afilado la convierte en un plan especialmente atractivo para quienes buscan una función con contenido, ritmo y una presencia escénica que va más allá del puro entretenimiento. ¿Qué otra cosa puede ofrecer una buena noche de teatro si no es una mirada distinta sobre aquello que damos por hecho?

En Gijón, la obra se podrá ver en dos pases consecutivos, el sábado 12 y el domingo 13 de diciembre. Esa doble oportunidad permite acercarse a un título que no necesita presentación larga entre los amantes de la escena, pero que sigue encontrando nuevos públicos gracias a su forma directa de hablar de la ambición, la desigualdad y las máscaras sociales. No es una pieza que se limite a contar una historia: observa, señala y deja preguntas en el aire.

Una obra que sigue mordiendo

La ópera de los tres centavos nació para sacudir certezas y, con el paso del tiempo, esa vocación no se ha gastado. Brecht construyó una pieza que mira de frente a las lógicas del beneficio, al comercio de conciencias y a la fragilidad de las apariencias, mientras Weill le dio una música reconocible, incisiva y llena de contrastes. El resultado es una obra que combina ironía, tensión y una energía muy particular, capaz de alternar lo popular y lo inquietante con una naturalidad poco frecuente.

Parte de su fuerza está en que no se conforma con retratar un mundo desordenado, sino que lo pone bajo una luz que obliga a fijarse en sus costuras. La obra no suaviza la crudeza de lo que muestra, pero tampoco renuncia al placer de la escena. Ahí reside buena parte de su vigencia: en la manera en que hace convivir la diversión con la incomodidad, la canción con la denuncia y el juego teatral con una crítica muy precisa.

Por eso sigue siendo un título tan atractivo para el público de hoy. No habla desde la distancia ni desde la solemnidad, sino desde una teatralidad que interpela con inteligencia. Su humor negro, su pulso político y su capacidad para retratar la hipocresía social explican que continúe programándose en escenarios muy distintos. Y, cuando vuelve a un teatro como el Jovellanos, lo hace con la autoridad de los clásicos que todavía tienen algo que decir.

Brecht y Weill, una alianza decisiva

Pensar en La ópera de los tres centavos es pensar también en la colaboración entre Bertolt Brecht y Kurt Weill, una de las más influyentes de la historia del teatro musical. Brecht llevó a escena una escritura que rompe la comodidad del espectador y que propone mirar la acción con distancia crítica, mientras Weill aportó una partitura que mezcla mordacidad, lirismo y una sonoridad inconfundible. Esa alianza dio lugar a una obra que no se parece a ninguna otra y que abrió caminos en la relación entre música y teatro.

La pieza se apoya en un universo de personajes movidos por intereses, alianzas frágiles y una moral que se negocia constantemente. No hay aquí una visión edulcorada del mundo, sino una radiografía de sus mecanismos más incómodos. Precisamente por eso la obra ha seguido viva durante décadas: porque no envejece con facilidad aquello que mira con lucidez la ambición, la corrupción de los vínculos y la violencia de las jerarquías.

También pesa en su permanencia la música. Las canciones no actúan como simple acompañamiento, sino como parte esencial del discurso. Cada número musical refuerza el tono de la obra y contribuye a esa mezcla tan característica de entretenimiento y crítica. Escucharla en directo, dentro de una representación teatral, supone entrar en un engranaje escénico muy preciso, donde el ritmo no afloja y cada escena parece empujar a la siguiente con una lógica propia.

Dos días para entrar en su universo

Las funciones del 12 y 13 de diciembre ofrecen una oportunidad clara para acercarse a esta obra en dos fechas seguidas. No se trata de un título que pida una disposición pasiva, porque su escritura trabaja precisamente sobre la atención del público, sobre lo que ve y sobre cómo lo interpreta. Cada escena invita a leer más allá de la superficie, y ese juego entre apariencia y fondo es una de las grandes bazas del montaje.

Asistir a una obra como esta en diciembre añade, además, una cualidad muy particular al plan. La cita se sitúa en el tramo final del año y propone una velada de teatro con una densidad poco habitual en la programación más ligera de esas fechas. Frente a propuestas pensadas solo para entretener, La ópera de los tres centavos ofrece una noche con carácter, de esas que dejan conversación después de la función y mantienen viva la obra cuando ya se ha apagado la sala.

El hecho de que haya dos pases consecutivos también habla de su interés como cita escénica. Permite encajar la obra en dos jornadas distintas y abre la puerta a que el público elija el día que mejor le convenga, sin perder la posibilidad de ver un título de referencia. En un calendario cultural cada vez más apretado, disponer de dos fechas para una obra así facilita que más personas se acerquen a ella.

La vigencia de una sátira sobre el dinero

Uno de los motivos por los que La ópera de los tres centavos sigue funcionando es que su sátira no ha perdido filo. La obra pone en primer plano la relación entre dinero, poder y supervivencia, y lo hace desde una perspectiva que evita la moraleja fácil. Aquí nadie sale indemne: ni las figuras que parecen dominar la acción ni quienes se mueven en los márgenes. Todo el sistema queda expuesto como una maquinaria de transacciones, favores y conveniencias.

Esa lectura sigue teniendo fuerza porque conecta con preguntas muy reconocibles. ¿Qué precio tienen las lealtades? ¿Cómo se sostiene una apariencia de respetabilidad cuando todo alrededor se basa en el cálculo? La obra no responde de forma cerrada, sino que lanza esas preguntas con una mezcla de distancia y mordacidad que la hace especialmente estimulante. Su vigencia no depende de actualizar nada, sino de la precisión con la que retrata comportamientos que no han desaparecido.

También por eso resulta tan eficaz en escena. La sátira necesita ritmo, y esta pieza lo tiene. Necesita contraste, y lo encuentra en la convivencia entre canciones, diálogos y situaciones de una ironía muy marcada. Necesita personajes capaces de encarnar la contradicción, y los tiene. Esa combinación explica que siga siendo un título de referencia para quien busca teatro con contenido y con pulso.

Qué aporta una noche así al público

Ver La ópera de los tres centavos no es solo asistir a una representación, sino entrar en una forma de teatro que combina placer y pensamiento. La obra exige atención, pero también recompensa con una energía escénica muy reconocible. Su estructura permite que cada escena avance con una lógica propia, y eso hace que la función mantenga el interés desde distintos ángulos: la música, la sátira, el juego actoral y la lectura social.

Para quien disfruta del teatro que no se limita a reproducir una historia, esta cita ofrece un territorio especialmente fértil. La pieza trabaja con la incomodidad, con la ironía y con una mirada que no concede demasiado descanso. Esa fricción forma parte de su atractivo, porque convierte la función en algo más que una sucesión de números o diálogos. El público sale con la sensación de haber visto una obra que piensa mientras se representa.

Además, en un repertorio donde a menudo dominan los títulos previsibles, encontrarse con Brecht y Weill supone un cambio de registro muy estimulante. La obra tiene el peso de los clásicos, pero evita la rigidez que a veces acompaña a ese término. Su lenguaje sigue siendo vivo, sus conflictos siguen siendo legibles y su humor sigue encontrando eco. No es extraño que continúe despertando interés allí donde se programa.

El paso de La ópera de los tres centavos por Gijón se sitúa así como una de esas fechas que concentran memoria teatral, música y crítica social en una misma velada. Dos días bastan para que la pieza vuelva a desplegar su mezcla de ironía y lucidez, con la seguridad de que todavía hay mucho que escuchar en sus canciones y mucho que leer entre sus líneas.

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