El Teatro Jovellanos de Gijón acogerá los días 12 y 13 de diciembre de 2026 La ópera de los tres centavos, una de las obras más influyentes del repertorio escénico del siglo XX. La cita llega ya situada en el calendario y concentra en dos jornadas una pieza que sigue dialogando con el presente por su mirada crítica sobre el poder, el dinero y las relaciones humanas.
Firmada por Bertolt Brecht y Kurt Weill, esta obra mantiene intacta su capacidad para incomodar y entretener al mismo tiempo. Su mezcla de música, sátira y teatro afilado la convierte en un plan especialmente atractivo para quienes buscan una función con contenido, ritmo y una presencia escénica que va más allá del puro entretenimiento. ¿Qué otra cosa puede ofrecer una buena noche de teatro si no es una mirada distinta sobre aquello que damos por hecho?
En Gijón, la obra se podrá ver en dos pases consecutivos, el sábado 12 y el domingo 13 de diciembre. Esa doble oportunidad permite acercarse a un título que no necesita presentación larga entre los amantes de la escena, pero que sigue encontrando nuevos públicos gracias a su forma directa de hablar de la ambición, la desigualdad y las máscaras sociales. No es una pieza que se limite a contar una historia: observa, señala y deja preguntas en el aire.
Una obra que sigue mordiendo
La ópera de los tres centavos nació para sacudir certezas y, con el paso del tiempo, esa vocación no se ha gastado. Brecht construyó una pieza que mira de frente a las lógicas del beneficio, al comercio de conciencias y a la fragilidad de las apariencias, mientras Weill le dio una música reconocible, incisiva y llena de contrastes. El resultado es una obra que combina ironía, tensión y una energía muy particular, capaz de alternar lo popular y lo inquietante con una naturalidad poco frecuente.
Parte de su fuerza está en que no se conforma con retratar un mundo desordenado, sino que lo pone bajo una luz que obliga a fijarse en sus costuras. La obra no suaviza la crudeza de lo que muestra, pero tampoco renuncia al placer de la escena. Ahí reside buena parte de su vigencia: en la manera en que hace convivir la diversión con la incomodidad, la canción con la denuncia y el juego teatral con una crítica muy precisa.
Por eso sigue siendo un título tan atractivo para el público de hoy. No habla desde la distancia ni desde la solemnidad, sino desde una teatralidad que interpela con inteligencia. Su humor negro, su pulso político y su capacidad para retratar la hipocresía social explican que continúe programándose en escenarios muy distintos. Y, cuando vuelve a un teatro como el Jovellanos, lo hace con la autoridad de los clásicos que todavía tienen algo que decir.
Brecht y Weill, una alianza decisiva
Pensar en La ópera de los tres centavos es pensar también en la colaboración entre Bertolt Brecht y Kurt Weill, una de las más influyentes de la historia del teatro musical. Brecht llevó a escena una escritura que rompe la comodidad del espectador y que propone mirar la acción con distancia crítica, mientras Weill aportó una partitura que mezcla mordacidad, lirismo y una sonoridad inconfundible. Esa alianza dio lugar a una obra que no se parece a ninguna otra y que abrió caminos en la relación entre música y teatro.
La pieza se apoya en un universo de personajes movidos por intereses, alianzas frágiles y una moral que se negocia constantemente. No hay aquí una visión edulcorada del mundo, sino una radiografía de sus mecanismos más incómodos. Precisamente por eso la obra ha seguido viva durante décadas: porque no envejece con facilidad aquello que mira con lucidez la ambición, la corrupción de los vínculos y la violencia de las jerarquías.
También pesa en su permanencia la música. Las canciones no actúan como simple acompañamiento, sino como parte esencial del discurso. Cada número musical refuerza el tono de la obra y contribuye a esa mezcla tan característica de entretenimiento y crítica. Escucharla en directo, dentro de una representación teatral, supone entrar en un engranaje escénico muy preciso, donde el ritmo no afloja y cada escena parece empujar a la siguiente con una lógica propia.