Un sonido que nace del baglama y se expande
En el centro del grupo está el baglama saz eléctrico de Javier Alonso, un instrumento que marca la personalidad del proyecto y le da una textura muy concreta. A partir de esa base, la banda levanta un repertorio que no se limita a ilustrar una idea de fusión, sino que empuja cada pieza hacia una zona más abierta, más libre y más inquieta. El bajo y la batería de los hermanos Ceballos aportan una columna rítmica firme, mientras los teclados y sintetizadores de Emil Haas amplían el campo armónico y abren nuevas direcciones.
Ese equilibrio entre raíz y expansión explica buena parte del atractivo de Mohama Saz. La banda puede sonar ceremonial en un pasaje, abrasiva en el siguiente y, poco después, dejar que una melodía se deslice hacia territorios más contemplativos. La presencia de clarinete, saxo, percusiones o bouzuki refuerza esa movilidad y permite que cada concierto tenga un recorrido propio. ¿No es ahí donde aparece la verdadera personalidad de un grupo, cuando el directo no se limita a reproducir una fórmula y se atreve a mutar?
También hay en su propuesta una relación muy marcada con lo orgánico, incluso cuando utilizan sintetizadores o exploran texturas más densas. La combinación no busca pulir los bordes, sino mantener cierta aspereza expresiva. Esa decisión tiene mucho que ver con la manera en que el grupo entiende su música: como una construcción abierta, con impulso, con un pie en la tradición y otro en la experimentación. El resultado es un sonido reconocible desde los primeros compases, pero difícil de encerrar en una sola etiqueta.
Psicodelia, folclore y una mirada amplia
La música de Mohama Saz se mueve en un territorio donde la psicodelia no funciona como adorno retro, sino como una manera de expandir el tiempo y la percepción. En sus composiciones y directos aparecen cambios de intensidad, repeticiones que hipnotizan y una voluntad clara de llevar al oyente a una escucha más física. A eso se suma el peso del folclore andaluz, que no aparece como cita aislada, sino como una de las raíces desde las que se articula el conjunto.
Esa base dialoga con otras geografías musicales que enriquecen el resultado. El Mediterráneo, Turquía, el norte de África y la América andina no actúan como postales exóticas, sino como referencias que ayudan a entender la amplitud de la mirada del grupo. La banda no se limita a tomar un elemento de cada lugar, sino que parece interesada en la continuidad que existe entre ciertas tradiciones rítmicas, ciertos timbres y ciertas formas de progresión musical. Ahí está una de las claves de su atractivo.
La palabra fusión, tal y como la entendemos muchas veces, se queda corta para describir lo que hacen. Ellos mismos prefieren otra forma de nombrarlo, más directa y menos complaciente: esto es simplemente Mohama Saz. Esa afirmación dice mucho, porque rechaza la necesidad de justificar cada cruce como si fuera una rareza. La banda asume su lenguaje como algo natural, construido con coherencia interna, y ese aplomo se percibe en el escenario.
Encaja2 y el valor de una escucha cercana
El ciclo Encaja2 ha construido una identidad muy clara en el Teatro Jovellanos: proximidad entre intérpretes y público, selección cuidadosa y una voluntad de abrir espacio a propuestas singulares. En esa lógica, Mohama Saz encuentra un contexto especialmente favorable, porque su música necesita concentración y cierto grado de complicidad. No es un concierto para dejar de lado el oído, sino para seguir cómo se entrelazan las distintas capas del grupo.
La decimosexta temporada del ciclo reúne seis propuestas entre septiembre y diciembre, y la de Mohama Saz ocupa un lugar muy reconocible dentro de ese conjunto por su perfil inclasificable. Que una programación de estas características incluya una banda así habla de un criterio claro: apostar por proyectos con identidad, con recorrido y con una voz propia en la escena actual. Ese enfoque se agradece especialmente cuando se busca una agenda cultural que no repita siempre las mismas fórmulas.
Además, la grabación para televisión añade una dimensión de archivo que conecta con la filosofía del ciclo. No se trata solo de programar conciertos, sino de dejar constancia de ellos, de fijar interpretaciones que dialogan con la escena independiente y con la creación contemporánea. Esa idea da a la cita del 30 de octubre un valor añadido para el presente y para su memoria futura.
Una banda que convierte la mezcla en lenguaje
Mohama Saz ha encontrado en la construcción colectiva su forma de avanzar. El peso del baglama saz eléctrico, la solidez de la sección rítmica y la presencia de teclados y sintetizadores no funcionan como compartimentos estancos, sino como piezas de un mismo mecanismo. Esa manera de trabajar permite que la banda se mueva con naturalidad entre pasajes densos y momentos más abiertos, entre la tensión rítmica y las derivas más atmosféricas.
Lo interesante es que su música no se limita a exhibir virtuosismo ni a acumular referencias. Hay una intención muy clara de sostener un discurso con personalidad, algo que se percibe tanto en estudio como en directo. Esa coherencia les permite transitar desde la psicodelia hasta el spiritual jazz sin perder el centro. Y cuando aparecen el clarinete, el saxo, las percusiones o el bouzuki, el conjunto gana matices sin desdibujarse.
Esa capacidad para mantener una identidad firme mientras se abre a distintos lenguajes explica por qué su presencia en Gijón resulta tan atractiva. Una banda así no ofrece una escucha cómoda, pero sí una escucha rica, llena de matices y de pequeñas decisiones sonoras que merecen atención. El 30 de octubre, en el Teatro Jovellanos, la cita se presenta como una ocasión para entrar en ese universo sin filtros y dejar que el propio desarrollo del concierto marque el camino.
Mohama Saz llega a Encaja2 con una propuesta que se entiende mejor cuando se escucha completa, sin prisas y sin buscar atajos. La combinación de instrumentos, referencias y energía escénica apunta a una noche de fuerte personalidad, de esas que dejan una huella distinta en la programación cultural de la ciudad. Y que además quede registrada para televisión convierte la velada en algo más que una actuación puntual: también en una pieza que prolonga su eco más allá de esa fecha.