La apertura simbólica de N'Alcordanza
La programación arrancó el 25 de julio con N'Alcordanza, un concierto homenaje a Carlos Redondo e Ígor Medio que reunió sobre la Plaza Mayor a seis formaciones con vínculos con la tradición folk y rock: Llan de Cubel, Hermanos Castro, Felpeyu, Radio Fox, Jaguares de la Bahía y Kactus Jack. La cita tuvo un fuerte componente emocional, al recordar a dos músicos muy vinculados a la memoria musical asturiana veinte años después de su fallecimiento.
Más allá del homenaje, la propuesta dejó ver una de las señas del festival: la capacidad para convertir una plaza en escenario compartido. La reunión de grupos de diferentes procedencias y sensibilidades no solo sirvió para mirar al pasado, sino también para mostrar cómo ciertas músicas siguen activas cuando se interpretan desde la complicidad y el directo. Ese espíritu de encuentro, tan propio de las escenas folk y rock de raíz, encaja de lleno con la filosofía del Arcu Atlánticu.
Aun habiendo quedado atrás, el concierto inauguró el tono de la edición y marcó una línea clara para lo que sigue: memoria, comunidad y presente artístico. Quien se acerque ahora al festival encuentra precisamente eso, una programación que no separa el recuerdo de la creación, sino que los pone a dialogar.
Danza para pensar el cuerpo y la memoria
El lunes 27 de julio, la coreógrafa Fran Sieira y su compañía presentaron Un baile ceibe, una pieza de cuatro intérpretes que trabaja sobre el género y sus formas de operar en la vida cotidiana. La danza, en este caso, no se limita al movimiento, sino que se convierte en una herramienta para mirar cómo se construyen las identidades y cómo ciertas tradiciones siguen cargadas de significado.
Resulta especialmente interesante la manera en que la obra parte de un baile tradicional gallego para cuestionarlo y abrirlo. En lugar de tratar la tradición como un bloque fijo, la pieza la usa como punto de partida para pensar en los códigos que arrastramos y en las maneras de transformarlos. Esa lectura encaja con el carácter del festival, que no busca piezas cómodas ni previsibles, sino trabajos capaces de activar preguntas.
Poco después, el viernes 31 de julio, llegó uno de los momentos más llamativos del programa con GEURE(R)A, de HARROBI DANTZA BERTIKALA, sobre la Torre del Reloj y acompañado de vídeomapping. La danza vertical añade aquí una dimensión visual muy potente, porque el cuerpo se desplaza sobre la arquitectura y el espacio deja de ser simple soporte para convertirse en parte de la dramaturgia.
La pieza, finalista de los Premios MAX 2024, gira en torno a la memoria de las mujeres a lo largo de la historia. Ese enfoque poético y crítico la sitúa en una línea muy actual de las artes escénicas, donde el gesto, la altura y la imagen construyen discurso. Aunque ya se haya celebrado, deja una pista clara sobre el tipo de experiencia que propone el festival: obras que no se conforman con el formato habitual y que buscan una relación directa con quien mira.
Sonidos de Irlanda y Bretaña para ampliar el mapa musical
Entre las citas que todavía forman parte del tramo final de la programación, el martes 28 de julio tuvo lugar el concierto de Leonard Barry Trío, procedente de Irlanda. Leonard Barry es uno de los grandes nombres de la gaita irlandesa uilleann pipes, un instrumento muy ligado a la tradición musical del país y también muy reconocible para el público asturiano por su parentesco con otras sonoridades atlánticas.
Acompañado por Martin Barry, a la voz, el bouzouki y la guitarra, y por Andy Morrow al violín, el músico propuso un recorrido por la tradición irlandesa desde el virtuosismo y el respeto por la raíz. Lo atractivo de este tipo de conciertos está en la mezcla entre precisión técnica y calidez expresiva. La música tradicional, cuando se interpreta con oficio y personalidad, gana relieve sin perder autenticidad.
El jueves 30 de julio fue el turno de Talec Noguet, cuarteto bretón que combina piezas suaves con otras pensadas para el baile. La voz de Rozenn Talec, el acordeón diatónico de Yanning Noguet, los teclados de Olivier Guenego y el saxofón de Timothée Le Bour construyen un repertorio donde la tradición de Bretaña se abre a matices de jazz y música improvisada.
Ese cruce le da al concierto una riqueza particular. No se trata solo de actualizar un repertorio antiguo, sino de hacerlo respirar con timbres y texturas que amplían su alcance. En un festival como este, la presencia de propuestas de Irlanda y Bretaña no es decorativa: refuerza la idea de un espacio común atlántico donde las músicas dialogan sin perder acento propio. ¿No es ahí donde aparecen las conexiones más sugerentes?